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EL
CORRAL DE COMEDIAS:
espacio escénico, espacio dramático.
Actas de las XXVII jornadas de teatro clásico de Almagro.
Almagro, 6, 7 y 8 de julio de 2004.
"Colección corral D"
Los primeros pasos en
el Corral de Comedias
en compañía del caballero de Olmedo
Antonio Díaz-Florián

DIRECTOR DEL TEATRO ESPADA DE MADERA-MADRID

Ya sea un cristiano que entra en una catedral, un musulmán
en una mezquita o un judío en una sinagoga, todos sentirán
en dichos lugares la presencia de lo que para ellos significa
«sagrado». La arquitectura del lugar habrá
sido condicionada de tal modo que el feligrés pueda
entrar en contacto con la parte más profunda de su
ser. Los que tenemos el teatro por religión y vivimos
bajo sus mandamientos, también sentiremos sensaciones
de plenitud al entrar al Corral de Comedias de Almagro. Su
arquitectura nos permitirá evocar cualquier verso que
don Lope nos legó en su El caballero de Olmedo y tener
la sensación de que forma parte intrínseca del
lugar.
Para que el Corral nos permita acceder a
tales riquezas dramatúrgicas, es necesario que los
directores nos despojemos de ese aire altivo del cual nos
revestimos y que nos otorga saber más que los Maestros.
Pretensión u orgullo que, a menudo, es la expresión
de una gran inseguridad; de un miedo innato que tenemos ante
la abrumadora potencia de la simplicidad. Y el Corral es el
lugar por excelencia donde lo superfluo no tiene cabida.
Cuando ponemos los pies en espacios escénicos donde
tantas pasiones se han barajado, solo nos queda el silencio
como norma. Ante éste, el texto de don Lope puede servirnos
como guía cauteloso por los dédalos de la pasión
y finalmente poder acceder al alma del espectador.
Decididos a lograr tal meta, es menester
dejar el mundo de la calle, atravesar el portón y entrar
al patio donde podemos ya sentirnos en el vientre del arte
dramático. Desde aquí, la escena nos invitará
a pisar sus tablas, como si fuéramos atraídos
por las olas de un inmenso mar. He tenido la suerte de poder
observar cientos de visitantes matinales del Museo-Corral
y constatar que aquellos que llevan dentro el virus del teatro
se ven irresistiblemente atraídos por el tablado. Después
de un corto momento de acecho para comprobar la ausencia de
guardianes e ignorando el cartel que le prohíbe el
acceso, la persona atraviesa la puerta que separa el mundo
del espectador y el de los cómicos, recorre un corto
pasillo, sube los tres escalones y por fin pone los pies sobre
lo divino: el escenario.
¿Y adonde se dirige intuitivamente?
Al lugar donde todo ser humano se dirigirá: al centro
del escenario. Allí donde se cruzan las líneas
imaginarias que unen los cuatro ángulos del rectángulo
teatral o del cuadrado alquímico. Conocedor intuitivo
de las fuerzas de la naturaleza, nuestro visitante, no se
sentirá cómodo en ese cruce de energías,
porque sabe que allí moran los dioses, y de hecho le
veremos avanzar un paso, como queriendo acercarse al público.
Una vez que ha accedido al punto culminante de su periplo,
sentirá la necesidad de recitar o cantar los versos
que aún rondan en su mente. Tan solo necesitará
una mirada hacia el retazo de cielo enmarcado por el tejado
de los balcones y la luz del recuerdo pondrá entre
sus labios los primeros versos de El caballero de Olmedo:
| ALONSO. |
Amor, no te llame amor
el que no te corresponde
pues no hay materia adonde
no imprima forma el favor . |
Luego, el silencio, alma y esencia del arte
dramático, se instalará.
Si el visitante pudiera repetir lo que acaba
de hacer ante un público, se trataría de teatro,
pero como no es el caso, este ejemplo nos servirá para
exponer el postulado según el cual podemos afirmar
que todo ser viviente sabe utilizar o apoderarse de un espacio
siempre y cuando éste sea vital para su supervivencia.
La simplicidad que a menudo nos ofrecen las arquitecturas
ancestrales exige de parte de los usuarios contemporáneos
respeto, palabra que no es de agrado en nuestros tiempos.
Pero en realidad no es devoción absoluta sino otorgarse
el tiempo necesario para sentir las fuerzas o energías
que un determinado lugar posee. Saber por dónde nace
y muere el sol sería el primer paso para comprender
la riqueza de un espacio. Pero no. Los directores que visitamos
por primera vez un teatro, nos preocupamos antes de la cantidad
de focos con los que podremos construir nuestro propio universo
de luz que de las posibilidades energéticas que el
lugar nos brinda. Para ello exigimos que las paredes,
cortinas y mobiliario escénico sean de color oscuro,
convencidos que para crear una situación dramática
es fundamental disponer de un juego de luces versallesco y
un decorado faraónico. Quizás en una de esas
cajas negras, que muchos arquitectos contemporáneos
fabrican, algún que otro director logre crear su universo,
pero en el Corral de Comedias le será imposible. Por
la sencilla razón que su arquitectura está intrínsecamente
unida, como el «Globo» de Shakespeare, a los caprichos
del tiempo. En cualquier momento puede llover, levantarse
el viento, hacer un calor sofocante, el cielo nublarse y el
frío invadir la sala. Sin contar con la luna que, según
su interminable movimiento, entrecortada o completa, acompañará
los versos de don Lope, que tanto se parecen a los del «converso»
don Fernando de Rojas:
| ALONSO. |
Todo lo que Inés no es
desprecio, aborrezco, ignoro.
Inés es mi bien;
yo soy esclavo de Inés;
no puedo vivir sin Inés |
Los enamorados del Corral, porque realmente
se trata de una pasión inexplicable, sabemos que entre
las piedras del patio, las barandas de los balcones, las tablas
del escenario, moran miles de cupidos dispuestos a contaminarnos
con sus flechas envenenadas de arte y hacer vibrar nuestros
pechos de ese amor único que tan sólo tiene
vida en escena.
Ese amor que puede matar, morir y renacer.
Los grandes «cómicos» mueren, asesinados
por una trágica pasión, para renacer al día
siguiente y continuar contando la interminable historia del
Amor.
Don Lope conocía muy bien ese amor, no porque lo imaginara,
sino porque lo llevaba en el alma. Y pone en la boca de Tello,
criado y portavoz de la sabiduría popular, el riesgo
que implica la pasión por el arte:
| TELLO. |
Verdad es que se dilata
el morir, pues con mirar
vuelve a dar vida la ingrata
pues da vida a cuantos mata,
y ansí se cansa en matar ... |
La pasión puede tomar tantos aspectos
como seres apasionados han pisado el Corral. Estos saben que
para nutrirse de la belleza que el edificio nos propone no
se trata de utilizar forzosamente las puertas, pilares y escaleras,
haciendo entradas, salidas, saltando o corriendo por los balcones,
sino de hacer que los personajes de la obra que se monta,
unan su pasión a cada centímetro cuadrado del
Corral, como se puede unir la casa de nuestros padres al recuerdo
de nuestra niñez. Tenemos que intentar unir el amor
de don Alonso y de doña Inés a cada una de las
partes de la gran casa donde transcurre su tragedia. No tan
solo las partes visibles por el espectador, sino también
de los sótanos, trastiendas, y camerinos. Todo el edificio,
desde la fachada hasta los muros que colindan con los vecinos,
hace parte de la trágica historia de los enamorados.
La responsabilidad del director no puede
detenerse en lo que pasa sobre el escenario sino que debe
abarcar todo el recinto teatral. Nuestros antepasados nos
han legado un corral alrededor del cual la gente vivía
en comunidad; compartiendo dichas y dolores. Vidas enteras
con sus respectivos nacimientos y muertes. Poco a poco, y
durante un Siglo de Oro, las puertas de los vecinos se fueron
tapiando para dejar encerradas, entre los cuatro corredores,
algunas de las más grandes historias de amor que el
género dramático mundial haya conocido. Talía,
la musa del teatro, no necesitaba los muebles y decoraciones
de los aposentos.
El arte clásico manchego es riguroso
como su paisaje, exigente en su pasión y preciso en
lo esencial. Tan solo ha aceptado guardar de la posada de
antaño, su estructura de madera. Pilares, vigas, umbrales
y barandas protegidos de los insectos y de las agresiones
del tiempo por la pintura «almagro», cuyo color
se asemeja al manto rojizo del crepúsculo, cuando comienza
la lucha por el reino del cielo entre el sol y la luna. El
radiante sol estival sabe que perderá el combate por
unas horas, pero antes de desaparecer habrá logrado
plasmar sus rayos «almagríes» sobre todo
el esqueleto que da forma y sostiene al Corral.
Color de sangre cuajada, enmarcada por la blanca espuma de
la cal que recubre las paredes. Dos colores complementarios
a los que solo se puede agregar el negro.
El Caballero y los personajes de la tragedia
se encargarán de aportar el tercer color fundamental
a través de sus vestuarios: el negro. Mensajero de
la muerte y del eterno luto. Porque no se puede jugar
con el amor a tales intensidades, como lo hacen los personajes
de don Lope, sin pagar el más alto de los precios:
el de la vida.
El Corral se irá cubriendo de negro a medida que la
obra se desarrolle y vayan entrando los diferentes actores
de la tragedia. Este es el momento en que su arquitectura
exigirá, por parte del director, establecer un equilibrio
perfecto entre las fuerzas dramáticas.
A mi parecer, se trataría de equilibrar
dos platillos de una balanza cuyo eje cortaría el edificio
en dos partes simétricas. Parece muy simple, pero ello
exige haber analizado atentamente los innumerables detalles
que hacen del Corral una serpiente cuyo veneno puede dar vida
o muerte. Su asimetría puede ser una trampa para el
director que no se ha otorgado el tiempo necesario para captar
las riquezas y dificultades que el Corral encierra.
Por ejemplo, la ausencia de la tercera puerta
del escenario es y será un misterio que rondará
nuestras mentes sin poder resolverlo. No vale la pena lanzarse
a la búsqueda de «la» explicación,
como a la búsqueda del Santo Grial, porque la respuesta
está en lo más profundo de nuestro propio ser.
Cada equipo de cómicos, con la ayuda del Poeta cuya
obra se está montando, encontrará la justificación
que mejor le convenga y tratará de compartirla con
el espectador.
Como conclusión de esta corta charla
sobre del Corral de Comedias, me permitiría alertar
a los nuevos directores sobre el peligro que conlleva este
maravilloso edificio. Cuando en medio del desierto, la sed
nos pone al borde de la vida y la muerte y de pronto encontramos
el ansiado oasis, no debemos precipitarnos sobre el agua sin
antes habernos cerciorado de que no es venenosa. Del mismo
modo, lanzarse a cuerpo limpio sobre el escenario del Corral
puede ser tan mortal para el artista sediento de teatro, como
lo sería para el viajante inexperimentado del desierto.
No conozco método ni escuela que pueda enseñarnos
a utilizar este santuario del Teatro Clásico, a no
ser la práctica, que conlleva errores y nuevas tentativas.
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